El lugar: un local de una conocida cadena de heladerías. No voy a decir su nombre, nos referiremos al sitio como “Raskin & Bollis”, por decir cualquier cosa.
La fecha: meses atrás.
La hora: justo después de almuerzo, justo antes de volver al trabajo.
El protagonista: un cliente de dicho local.
El antagonista: una señorita en uniforme y gorrito.
El Cliente: Buenos días.
La señorita: Buenas tardes, señor.
EC: ...sí. Bueno.
LS: ¿Qué desea?
EC: ...buenas tardes. Uno de esos combos de los letreros, por favor. El más chiquito.
LS: Con gusto, son 99 centavos. ¿Le agrando el combo por sólo 79 centavos? Tenemos también mil sheiks...
Voz interior: ¿Mil Sheiks? ¿De Arabia todos ellos?
EC: No, muchas gracias.
Llega sobre su bandeja el combo, que consiste en una bolita de helado y un bollo.
EC: !!! ??? Pero... ¡señorita!
LS: ¿Sí? ¿Se le ofrece algo más? Tenemos mil sheiks...
EC: No, no. Mire el combo que me dio.
La señorita lo mira. No encuentra nada sorprendente.
LS: ¿Le agrando el combo por sólo 79 centavos? Tenemos también...
EC: No, vea... la bola de helado está como que muy pequeña.
LS: Es que ése es el tamaño del combo. Pero por 79 centavos...
EC: No, no... pero vea la foto. En la foto la bola de helado está del mismo tamaño que el bollo. ¿Ah?
La señorita mira la foto. Ésta le da toda la razón al cliente (que por lo demás, claro, siempre la tiene). La señorita se queda pensando, encuentra un argumento irrebatible y concluye la discusión.
LS: Sí, pero las fotos a veces engañan.
EC: ...
El cliente no encuentra nada inteligente que decir ante semejante argumento, así que se retira obedientemente y se sienta en una mesita del local a consumir su postre. Se siente ... ¡¡¡engañado!!!
Pero no por la señorita de uniforme y gorrito. Por una foto promocional.
Voz interior: Te dijo “gil”...
Fin...
...de la fe del cliente en las fotos promocionales.
Hace 2 semanas